Al Satwa

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(English version below the photos)

El verano apenas comienza y Al Satwa arde. No es solo este sol de las dos de la tarde; arde como esos lugares que de tan vivos parecen una llama inapagable. Cada callecita, cada pasaje parece una postal, pues en el caos también hay belleza.

Decenas de hombres caminan llevando consigo pequeñas alfombras en las manos, vienen de la Gran Mezquita de Al Satwa, vuelven a sus casas después de rezar, con ese paso sin prisa que deja el haber entrado en cierto estado de gracia. Aunque bien podría ser el estado natural del ser, en este lugar, esa silvestre gracia de quienes están en su elemento sin ser perturbados.

Soy extranjera. He pasado más de la mitad de mi vida viviendo fuera de mi país, por eso se me hace tan familiar el paisaje construido por quienes hacen del lugar en el que están, su hogar.

Últimamente algunas palabras rondan mi cabeza persistentemente: resiliencia, devenir, liminal.

Creo que en el fondo, todas hablan un poco de lo mismo: los cambios; cómo nos atraviesan las experiencias y cómo nos adaptamos -o no- a las circunstancias.

Ser extranjero en una comunidad donde conviven decenas de distintas nacionalidades es en cierto modo una forma de resistencia a diluirse en un olvido cultural. Porque es en la diversidad donde nuestras diferencias -que resultan no ser tan diferentes, después de todo- se hacen puente de comunicación y se convierten en vínculo. Allí, donde tantos son igualmente diferentes que nosotros, todo eso que somos, se ilumina aún más.

Quizás eso también sea la resiliencia.

La misma que alimentamos con los sabores de nuestros respectivos países.
Puede que esa sea la respuesta al hecho de que Ali cocine para todos los paisanos con los que convive en una estrecha casa de dos plantas. En la vereda, a la entrada de su hogar, corta pacientemente kilos y kilos de okra que luego convertirá en una inmensa olla de bhindi masala para ser compartida con sus compañeros.

Pakistaníes, indios, iraníes, afganos. Asia occidental y Asia del Sur llenan las calles de aromas, idiomas, tonos de voces que me resultan completamente nuevos pero no ajenos. Aunque parezca una locura, todo esto me resulta conocido aunque sea la primera vez que visito este distrito. Vuelvo a la idea de que como migrantes nos reconocemos, pero más allá de eso es palpable y visceral, la apertura y accesibilidad de quienes voy encontrando en cada paso.

Quizás porque llevo una cámara en mano y me acerco con la mejor predisposición posible, este grupo de hombres me permite fotografiarlos.

Ríen, mientras algunos con cierta timidez rehuyen la mirada y son animados por sus amigos a que sonrían para la foto. Les pregunto sus nombres, algunos son tan difíciles de pronunciar para mi lengua acostumbrada al castellano, que por más que trato de retener el sonido e imaginar gráficamente las letras que voy pronunciando como un eco tardío de sus voces, al rato olvido irremediablemente cómo se llaman.

Por ahora, sólo consigo memorizar los nombres que puedo pronunciar sin dificultad.

Uno de ellos me pide una foto especial: Solo él. Una foto que pueda compartir con su familia. Y así posa, mirando hacia la cámara, confiando en que le enviaré su retrato por WhatsApp.

La mayoría de los que viven en Satwa son obreros de la construcción. Otros son taxistas o hacen delivery en moto.

El contraste es intenso. Frente a las pequeñas y antiguas casas se erigen edificios altísimos y ostentosos, recordándoles a los habitantes de este barrio que quizás algún día, esas calles dejarán de ser las de uno de los barrios más antiguos de Dubai y se convertirán, probablemente, en un conjunto de edificios.

En esto pienso cuando me encuentro de frente con esa pequeñísima panadería afgana, casi al final de mi recorrido. Hace calor afuera, en la calle. Sólo puedo imaginar la sensación de ardor en las manos del muchacho que voltea el roti dentro del horno que es puro fuego. Y sin embargo, pese a tanto calor, igual intenta esbozar una sonrisa. Es un oficio tan antiguo como el origen del mismo pan que lanza por el aire y cae apilándose sobre otros aún Humeantes.

Claramente esta es una invitación a comprar pan y a tomar un karak antes de despedirme de esta sorpresa tan inesperada y tan maravillosa.

Al Satwa arde en esta tarde, como un torbellino luminoso y caótico donde convergen tantas tradiciones, tantas culturas y tantas personas. Habría que inventar una palabra nueva para definir este estado de las cosas y del ser, algo que vaya más allá de lo descriptivo, una palabra que nombre al alma y el sabor al mismo tiempo.

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Summer has only just begun but Al Satwa is already on fire. And it's not just the two o'clock sun; it burns like those places that are so alive as an unquenchable flame. Every little street, every passage looks like a postcard, because in chaos there is also beauty.

Dozens of men walk carrying small rugs in their hands; they are coming from Al Satwa’s Big Mosque, going home after praying, with that unhurried step that some people have after being in a certain state of grace. Although this could just be the natural state of being in this place, this is that  wild grace of those who are in their element, undisturbed. 

I am a foreigner. I have spent more than half of my life living out of my country. That is why the landscape built by those who make the place where they are, their home, is so familiar to me.

Lately, a few words have been persistently haunting me: resilience, becoming (philosophy) and liminal.

I think that deep down, they all speak a bit on the same thing: changes, how experiences move through us, and how we adapt–or not–to different circumstances.

Being a foreigner in a community where dozens of different nationalities co-exist is, in a way, a form of resistance to being diluted in cultural oblivion. Because it is in diversity where our differences–which turn out to be not so different, after all–become a bridge of communication and a way to connect us. There, where so many are equally different, all that we are, is lit up even more.

Perhaps this is resilience.

The same that we feed with the flavors of our countries.

Perhaps this is the answer to the fact that today Zahid is a communal cook, cooking for all the men he lives with in a narrow two-storey house. On the sidewalk, at the entrance to his home, he patiently cuts pounds and pounds of okra that will later turn into a huge pot of bhindi masala to be shared with his roommates.

Pakistanis, Indians, Iranians, Afghans...West Asia and South Asia fill the streets with aromas, languages, tones of voices that are completely new to me but not offbeat. As crazy as it may sound, all of this is familiar to me, even though this my first time visiting the district. I return to the idea that as migrants, we recognize each other, but beyond that, the openness and accessibility of those I meet at every step is palpable and visceral.

Perhaps because I have a camera in hand and I approach those around me with the best disposition, these  groups of men allow me to take photos of them.

They laugh, while some shyly hide away from my gaze and are encouraged by their friends to smile for the photo. I ask for their names; some are so difficult for me to pronounce. I’m so used to Spanish that no matter how hard I try to retain the sound and imagine graphically the letters that I am pronouncing in the later echo of their voices, after a while I inevitably forget how they are called.

For now, I can only memorize the names that I can pronounce without difficulty.

One of them asks me for a special photo: just him. A photo that he can share with his family. And so he poses, looking towards the camera, trusting that I will send him the portraits through WhatsApp.

Most of the men who live in Satwa are construction workers. Others are taxi drivers or do deliveries.

The contrast is intense. In front of the small and old houses, soaring, ostentatious buildings are erected, reminding the neighborhood inhabitants that perhaps one day, those streets will cease to be one of the oldest neighborhoods in Dubai and will probably become just a cluster of tall buildings.

This is what I’m thinking about when I come face to face with a tiny Afghan bakery, almost at the end of my first visit. It's hot outside on the street. I can only imagine the burning sensation in the hands of the man who turns the roti inside the oven that is pure fire. And yet, despite so much heat, he still tries to smile. It is a craft as old as the origin of the same bread that he throws  through the air and that falls, piling up on others that are still steaming.

Clearly, this is an invitation to buy bread and have a karak before saying goodbye to this unexpected and wonderful surprise.

Satwa burns this afternoon, like a chaotic and luminous whirlwind, where so many traditions, so many cultures, and so many people are converging.  A new word would have to be invented to define this state of things and state of being, something that goes beyond the descriptive, a word that names soul and flavor at the same time.


Andrea Salerno Jácome was born and raised in Venezuela, went to Barcelona to study photography at the Institut d'Estudis Fotogràfics de Catalunya and attend cinema workshops at Pati Llimona. Jácome then returned to Venezuela and practiced self-taught bookbinding, opening a bookbinding atelier while working professionally as a photographer and in films. In 2009, she became a international film festival jury member in Argentina where she also ran her photography studio for 12 years. Jácome’s work has been exhibited and published in magazines, newspapers, books, and on large billboards throughout Argentina. As of 2021, she is a full member of Diversify Photo and is now based in Dubai as a freelance licensed photographer, and instructor at Gulf Photo Plus.

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